sábado 5 de noviembre de 2011

NOCTURNO DE LAS LUCIERNAGAS


Un prólogo, una introducción o unas palabras previas terminan siendo siempre las últimas palabras, un réquiem, un epitafio a un libro. El cadáver no descansa en paz porque esas finales sentencias son las primeras palabras de un Nuevo Mundo que significan los ojos de quien lee ese libro por primera vez. Es una señal de muerte para los ojos vivos que lo leen; es una última señal de vida para el libro que está muerto. Las luciérnagas son esos ojos que revolotean entre las estrellas que son las palabras escritas.

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Quizá un acercamiento como este a una obra literaria tenga justamente la escondida misión de ponerla en un contexto no literario, es decir, ajeno al proceso mismo de la creación o tal vez, y mejor aún, extender esa noción de no literariedad a un campo de fuerza que convierta la forma de leer en una expresión en sí de la obra, y no del lector. O para decirlo con más precisión, el arranque de este libro tendría como una de sus inútiles finalidades ampliar la noción de lectura a un nivel que anule el detalle que significan los géneros literarios como los hemos venido conociendo hasta hoy y se pueda leer una obra desde su inicial desaparición que sería su ficcionalidad como eje primero y nómade.

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Este interés por leer como un niño ciego cierto corpus literario necesita indagar en los procesos de la imaginación, que sería en este caso, el material cero de la escritura literaria y con lo cual podríamos trabajar desde un frente a frente con dichas obras. Por ejemplificarlo de alguna manera, se me viene a la mente la idea de la ‘tradición’ y todo el peso cultural que implica, pero desde esta nueva ventana imaginativa, no veríamos a la tradición como un canon, o una historiografía literaria emparentada con los poderes de turno, sino que al revés, desde el porvenir hasta un presente, como la influencia de las escrituras que vendrán, esto es, de cómo las podemos imaginar y como esas imágenes intervienen el hoy de nuestras propias obras. No es una metodología formal, ni programática la que aquí se propone, sino que una lectura impertinente y creadora que anule, aunque sea por un momento, la trágica contingencia de cualquier escritura literaria y el lastre simbólico que significa el autor en ellas.

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La obra literaria en vez de producir sentido, lo consume, se alimenta de él. Su materialidad es hambrienta, mórbida, enferma. Necesita que cada lector construya sentido para comérselo invisiblemente. Cada lectura es un banquete para la obra. La obra literaria se alimenta de la experiencia de vida que le ocurre al lector al leerla. Una mala lectura significa para la obra un festín miserable; y para el lector, un buen consumo.

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Antes de la literatura está la ‘voluntad de expresión’, sin representación y pura intensidad de exterioridad. La escritura es previa a su adjetivización de ‘literaria’, pero en esa función gramatical debiéramos comenzar a preguntarnos cuáles son sus límites y la posibilidad de convertirse en un sustantivo común.

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La escritura no es acerca de algo, es algo en sí misma (proceso de sí). Quizá este libro sea una novela escrita en verso sobre la literatura. La literatura se apropia de las intensidades en la escritura y cuando las tiene para sí las convierte en metáfora de ese mismo proceso de apropiación que es la ficción.

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La ficción es el producto por excelencia de la imaginación, de allí que siguiendo a Baudelaire sea un artefacto: la ficción como artefacto.

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La literatura como objeto es la suma de las historias de la literatura, si embargo la noción de escritura literaria devuelve la idea del trabajo material y simbólico de los procesos que implica el hecho literario. Además, la historia siempre aparece como incompleta, como cada obra, y es en ese gesto donde lo interminable de la escritura literaria se opone a la finitud de la idea de lo histórico. Europa representa la cima de la concepción de lo histórico, pues ella es un gran monumento a la ruina, es decir, Europa se nos aparece como un sistema de ruinas útiles y funcionales, pero terminadas, sin un porvenir más que seguir siendo ruinas de sus ruinas.

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En un mundo sin literatura toda escritura sería verdadera. Fuera de lo literario, es posible la conjunción tácita de sujeto y verdad, quizá por eso Foucault trabajó mayormente con obras históricas, crónicas, cartas, pero casi nunca con poesía, porque en ese caso especial su noción de verdad se agotaba en sí misma.

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Todo sistema es un conjunto de flujos e intensidades en la cual la ficción y la transgresión han sido tomadas como espacios de delirio donde se produce un deseo anómalo, incluso la locura viene a ser una hiperficción en un cuerpo que es bisagra entre naturaleza y cultura a la vez. El cuerpo siempre está representado, continuado en el sentido de que cualquier estrategia de verosimilitud se remite a recrear líneas, continuidades, en efecto, sólo el humano distingue un adentro del cuerpo y un afuera. Se construye el puente entre lo semiótico y lo somático.

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La obra de arte siempre está incompleta. Siempre puede tener más elementos y siempre pudo tener menos. Crea una zona estética antojadiza y política. Su contingencia tiene que ver más con lo que dejó de expresar que con la afirmación de algo. Hoy, la política es de renuncia y no de compromiso. La política estética de una obra es su descomposición, y en una escritura literaria su propia ficcionalidad.

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El contenido es ficcional. La literatura no tiene que ver con la verdad en términos axiológicos. En la escritura su verdad es la propia imposibilidad de poner en escena todas las vectorialidades de subjetivización; y en la literatura es su propia (des)aparición, su propio tener que acabar en su misma exterioridad las condiciones de posibilidad que la originaron como obra literaria. Si escribo poesía es justamente para erradicar las condiciones que permitieron el paso de la escritura a la literatura.

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Todo lo que hacemos es escribir (poner es escena nuestra subjetividad para nosotros mismos y para los otros). Esta escritura es un proceso incesante, de allí que uno de sus flujos sea configurado como literario, en ese caso éste será un corte, una transgresión suplementaria a esa escritura total. Cada acto va a ser un interdicto o transgresión en el contexto en que esté (en su panel de flujos de signos en continuidad), pues no hay que olvidar que la representación es doble: de sí misma y de una ausencia.

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La literatura es la materialización de los procesos de subjetivización que son paralelos a la escritura, entendiendo la subtetivización como escritura de sí mismo

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Toda escritura de sí mismo es vacía, no está dentro de ningún género nominativo, lo importante es más bien su lectura, lectura de sí mismo, hermenéutica del sujeto como una nueva forma del gnothi seauton; y de esa lectura hacer una traducción que conllevaría a la epimeleia heautou

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La obra tiene la forma de la subjetividad, sólo como proceso, nada tiene que ver con el autor quien debe convertirse en otro (espiritualidad del epimeleia), devenir otro, es decir, alterconciencia (otro-en-uno mismo)

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La obra literaria será así ese momento de escritura, en donde la subjetivización proyecta (deseo) e introyecta (miedo) intensidades de representación de la misma subjetividad-escribiente, de la obra literaria y del proceso mismo. De aquí que sea posible entrecruzar el deseo y el miedo como formas de poder, y la ley es un límite al poder. Es en este espacio estético artístico donde la zona de ‘sensación de realidad’ se trastoca en su mayor magnitud y se hace ilegible como verdad. Tanto el uno mismo como el otro entran en juego de ficción, simulacro, y puede devenir cualquier otra vectorialidad.

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Lo más verdadero de cualquier cosa es que va a desaparecer como ‘siendo’ y que sólo dentro de la ficción su desaparición va a ser subsumida por la escritura de sí. Es lo que hace Juan Luis Martínez, se convierte en Juan de Dios Martínez, una autoría ficcional parte de la obra misma que configura.

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En este contexto, tanto el autor es ficcional, el lector también lo es, por eso generar una transformación en el lector se entiende que en su representación y no en el sujeto en sí mismo. Sin embargo, si lo logra podríamos hablar de un discurso parrhesiano, no que pregunta ni se mueve por la verdad, sino que trabaja lo más verdadero que es que todas las vectorialidades tensionan su desaparición.

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El crítico contemporáneo debe jugar con la obra como funcionamiento, y ser parte de ella, pues justamente en su configuración la participación del crítico (del lector o espectador) es parte de la obra misma. La falla del crítico es no ser parte de la obra, no reconocerlo, no jugar con eso. La escritura sobre literatura que realmente dialogue con las obras tiene que pensarse como un espejo estético, poniéndose a la altura de la obra literaria contemporánea que se piensa a sí misma. Las escrituras sobre literatura debieran dar cuenta de cómo nuevas ramificaciones se van configurando no para originar un nuevo árbol sino como reproducción de un helecho. No es convertir en mercancía, sino que es ponerlas sobre la mesa. La función del crítico literario es un remanente dentro de las circulaciones del material cultural. No se necesitan de los críticos para publicar libros, ni para armar antologías. El mismo escritor tiene más peso que el crítico. En última instancia, el crítico da cuenta de la existencia de tal o cual obra, nada más. Sin embargo, existe escritura sobre literatura, que no es crítica, pero que sí pone en jaque la representación, se pregunta por la contingencia e indaga en las posibilidades de subjetivización. Descomponer la estructura y desconfigurar la historia.


Texto escrito el 2003 como un posible prólogo

a un libro sobre literatura que nunca armé.