miércoles 4 de noviembre de 2009

NOTAS PARA KORSAKOFF III (y final)


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No quiero escribir un poema, sólo quiero verlo. Sin embargo para verlo lo debo escribir. Hace mal a la vanidad, debo acabar.
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La escritura es la escritora de todo esto: se ha posesionado de todo lo que yo odiaba de mí. Me escribe y yo soy para ella una mera mano.
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Todo aquí habla de allá, de otra cosa.
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Olvidarse de todo es un modo de suicidio simultáneo: la vida se esfuma mientras más se vive. ¿Es una muerte que nace del sentido más revelador de la vida?. Los días pasan como las nubes, el cielo sigue intacto.
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La catástrofe que significa todo esto es una forma de llegar a una meta, un origen de algo sumamente desconocido, sublime.
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El poema se exhibe desnudo y su ostentación escandalosa es su miseria.
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Escribo sobre un tema que no recuerdo, busco en mi mente detalles de las imágenes y sólo está la sensación de que algo falta. Hay huellas y marcas de lo que ya fue, no están en mí.
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Me resulta ajeno incluso yo mismo. Lo contrario de estar muerto.
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Escribí todo esto ya antes, pero ahora quiero verlo en mi mente. El papel hace lo suyo, el tiempo se llevó lo mío.
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Alguien vigila todo esto, preguntarse quién es el que junta letras, las mira o las lee según una orden recibida.
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Sacerdote del secreto total. Una ficción de mi amiga que me hace decir que si hay que elegir entre vida o muerte, ya es muerte.
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Se es escritor por los errores cometidos. Las cualidades literarias están de más.
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¿Cuánto podré avanzar escribiendo esta noche?
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El sentido del humor es el sentido de la vida dice Kors. Líquidos en el cuerpo y el espíritu.
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He descuidado todo lo que era importante. Las letras dan luz y sombra, un poema puede ser el sol o las tinieblas.
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Que se escriba lo que nadie habría de escribir.
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Que la estructura sustituya a la historia, que la historia sustituya a los personajes, que los personajes sustituyan las situaciones, que las situaciones sustituyan los significados, que los significados sustituyan su referente.
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La distancia de esta ciudad consiste en lo urgente que hay entre su fundación y su destrucción.
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Ciudad, lago, nube, águila, serpiente, cactus, lo que seas.
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Ciudad que resplandece de noche. Bosques humanos invisibles.
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También, ciudades cuyas ruinas son su único monumento.
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Ciudad en ruinas, aunque del presente que significan doscientos años, creciendo día a día. País: color imaginario de un mapa.
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Se oye el lápiz sobre el papel, se siente el viento al cambiar de página.
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Mapa y poema son estruendo en forma de rectángulo, una expresión misteriosa de la redondez quebrada.
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Dudo que el rectángulo no sea un cubo. La mirada de un ángel es el tiempo de una nota musical. Escucho el más alto silencio.
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Abstracción. Imagen de la imagen de la imagen.
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El humor y el horror se incluyen desbordados.
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Escribir, dios mío, contra el tiempo. Todo se destruye a mi alrededor y a lo lejos hay un bosque y sobre él una aurora boreal. Es la entrada a mi fin. No dejo de pensar en eso. Está todo escrito.
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La realidad es un llamado para dejarse llevar por lo que la escritura sueña despierta. Dentro de mí algo se va, pero algo también llega.
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La vida humana teme a las convenciones. Los cobardes temen al qué dirán. La escritura es mi única libertad para que la idiotez del mundo no me entre por los ojos de la historia.
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Me vigilo al soñar. Cazadores y recolectores salen a mirar mi cuerpo tendido en el bosque. Hay una irresponsabilidad caótica de figuras y sonido. Estás tú.
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El deseo de que todo se destruya es la culpa por escribir. Ser ajeno a uno mismo hace bien.
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La vida está destinada a continuar dentro de los libros: todo lo que es ya fue. El bosque está lleno de peligros. Palimpsesto destinado a una nueva vida.
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Ver una historia a lo lejos que se trataba de uno mismo.
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Ver a todos los que tienen que ver con esta historia, pero sepultados por palabras.
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Sigo avanzando y mueren ideas y ganas de decir ciertas cosas. La rapidez de la escritura es como expresa su deseo.
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Este libro exige nacer. Quiere dar a luz. O él o yo.
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Notas, retazos. Parte de mi segunda trilogía de tres. Aniquilo el secreto al escribirlo. Un trozo de mi vida, es precisamente lo que quedará como desperdicio.
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Escribir para Kors, un tanto atemorizado de que el huracán se lleve absolutamente todo y el polvo sepulte mi mente.
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La mano es sangre, el papel es árbol, la tinta es océano. Todo lo que hay alrededor es vacío.
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Me dejo tentar. Es de noche y nadie viene.
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No me da miedo haberme equivocado. Era lo que había que hacer. Estoy solo y alguien me mira desde lejos. El delito es no querer ver.
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Encerrado en mí mismo todo me fue imposible, puesto que escogí al más próximo de mis semejantes.
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Reunir todas estas ideas, palabras, visiones como masas sonoras yuxtapuestas, confundidas en este borrador que es mi vida.
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Esto no se termina, comienza. Tu silencio me hace hablar solo, me hace escribir este poema.
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Mi enemigo soy yo y escribo todo lo que su soberbia me aterroriza.
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Nada hay, sólo universo mental.
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El caos es perfecto en su error y luz.
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Escribo sobre nada, me escucho.
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Escribo. Algo se oye en el caos.
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Lentamente amanece: me siento enfermo. Todo está enfermo. La luz y la tiniebla en este preciso momento son lo mismo. Se escucha lo lejos que estás.
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Escribir estas notas para todos ustedes, fantasmas. Les escribo porque no sabrán lo que quise decir debajo de estas palabras. Estoy en el momento de renacer o morir que son la misma cosa.
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Creo que acabo. Escucho como mi vida se va borrándome de mi mente impidiéndome la ordinariez de ser feliz. Se cierran los ojos de sueño y sólo quiero oír el silencio luminoso. Kors, escribo con palabras que nunca lo fueron.


Ciudad de México, 4 noviembre de 2009, al amanecer.

(De Debajo de la Lengua, próximamente en Cuarto Propio)